Sentada en mi escritorio, pensando sobre qué tema escribir, vienen a mi mente miles de asuntos pendientes y, en mi opinión, considero injusto no saber cómo presentar mi columna exenta del sinsabor de opinar sobre todos los cambios en la ley sin antecedente alguno.

La primera idea en mi cabeza es porqué nuestro ministerio de inmigración insiste en culpar a la clase inmigrante de los abusos del sistema. Hay que ser claros: el sistema, de por sí, es un conjunto de procedimientos que deben ser administrados por un ser humano. Esto no es una especulación, es un hecho.

Me pregunto por qué castigamos al sistema sin antes evaluar porque la aplicación de la ley de inmigración no se da en la forma deseada. Con ello me refiero a que el gobierno, a través del ministerio, pretende establecer controles para proteger la ley de inmigración.

Después de leer todos y cada uno de los titulares de los boletines de prensa descubro que palabras como protección y abuso, entre otras, son el común denominador.

Pero ¿cuál es el problema? Pareciera que siempre se viera al inmigrante con la mala intención de abusar o tomar ventaja del sistema.

¿Cómo el inmigrante, que por lo regular viene a Canadá sin el idioma y sin conocimientos de la ley, puede ser tan
malintencionado?

Por tanto, me parece exagerado poner en práctica un sistema legal que “proteja el sistema de inmigración”. Hago mentalmente esa analogía en derecho criminal y concluyo que aquí no están castigando al perpetrador del crimen, sino al objeto del crimen.

El ministerio de inmigración decidió cambiar varios sistemas vigentes para proteger a Canadá. Eso significa que el gobierno ha decidido “castigar” al cuchillo, la pistola o el arma, en vez de castigar a la persona que la utiliza en forma incorrecta.

Hoy, después de la cantidad de cambios y la rigidez del sistema migratorio canadiense, puedo decir que extraño la ejecución de nuestro glorioso IRPA o Acta de Inmigración.

Ella fue delicada y cuidadosamente estudiada y puesta en marcha para cumplir con la tradición canadiense y las obligaciones mismas contraídas en los diferentes tratados internacionales.

¿Entonces de dónde sale esa idea tan rebuscada que las leyes de inmigración no funcionan porque los inmigrantes abusan o mal usan las mismas? ¿Ha pensado nuestro gobierno cuántos inmigrantes existimos en este país creando oportunidades de trabajo para canadienses? ¿O cuántos inmigrantes hay trabajando en labores que nadie quiere hacer?

Esos trabajadores impulsan también la economía del país.

Es algo tan contundente que no debe ignorarse para nada.También debemos preguntarnos cuántos inmigrantes vinieron con dinero, compraron su casa y establecieron su negocio, dándole así un movimiento sin precedentes a la economía de nuestro país.

Esto es algo difícil de digerir o interminable de analizar.Imposible porque nunca ha habido estadísticas que digan
cuántos inmigrantes, por ejemplo, viven de la asistencia social y cuantos “canadienses oriundos” subsisten en la misma situación. Son cosas para pensar y ponernos a meditar…

Además de lo anterior, me surge la pregunta de por qué nuestro ministerio hace tanta distinción entre el“extranjero”
y el nacional canadiense.

Y para entenderlo mejor recurro a una analogía en la que el gobierno son los padres y los hijos son el pueblo. ¿Es posible que un buen padre de familia haga una distinción tan marcada entre un hijo adoptado con otro que es su hijo bilógico?

Por eso es claro pensar que, al igual que la adopción, debe existir un organismo de control que prohíba las diferencias entre los canadienses nacidos en el país y los que no. ¿Qué buen padre de familia, teniendo hijos adoptados y biológicos, fomentaría la división entre ellos?

Si revisamos los boletines de prensa de los últimos 24 meses, encontraremos que en varias ocasiones el ministerio hace referencia a los extranjeros y que esta referencia muchas veces conlleva una connotación negativa. ¿No creen ustedes que tanto repetirlo traerá una división, lenta pero progresiva, dentro de todos los que conformamos la gran familia canadiense?

Por tanto, considero que ya es hora de parar esta avalancha de reformas xenofóbicas, señor Ministro. Usted, como padre de la nación, debería evitar la creación de distingos y rencillas y el creciente distanciamiento dentro de la familia Canadiense.

Es hora de que nosotros, los constituyentes, tomemos acciones y comencemos a preguntarles a nuestros representantes qué están haciendo al respecto.

Ejerzamos nuestro derecho de hacerlo. Somos parte de la familia canadiense,independientemente de nuestro origen.

Por hoy, los dejo pensando en qué podemos hacer para demostrar los aportes positivos que como inmigrantes hemos hecho y hacemos cada día.

¡Soy Angélica González Blanco y me apasiona informar responsablemente!

Ustedes, nuestros lectores, pondrán al martillo los casos de inmigración que consideren que serían de ayuda para todos los demás y nuestro ministerio podría aclarar situaciones anómalas que nunca son tratadas en público. Es tu turno,¡Participa!